El que está cruzando el río nació en San Nicolás (provincia de Buenos Aires) en 1972 y vive en Rosario desde 1990.
Es profesor y licenciado en Letras, y Doctor en Humanidades y Artes, con mención en Literatura. Colaboró con reseñas, notas y entrevistas en el periódico El Eslabón, el diario El ciudadano & su región, el diario digital Redacción Rosario, el suplemento "Señales" del diario La Capital, la revista Diario de Poesía y en la sección reseñas de
http://www.bazaramericano.com/.
Es uno de los responsables de Salón de Lectura, sección de escritores del banco sonoro
Sonidos de Rosario y seleccionó y prologó Imaginarios Comunes. Obra periodística de Fernando Toloza (Córdoba, Editorial Recovecos, 2009).
Escribió
Letras de rock argentino. Género, estilos y transposiciones (1965-2008), Baja tensión (Rosario, Editorial Municipal de Rosario, 2012), Desaire (Bs. As., En Danza, 2014) y el inédito Locales y visitantes.

lunes, 4 de octubre de 2010

El laberinto del universo. Ensayo Literario. Rest, Jaime: El laberinto del universo. Borges y el pensamiento nominalista, Buenos Aires, Eterna Cadencia Editora, 2009, 184 páginas.

Compañero de Borges en la cátedra, Jaime Rest indagó en la obra del célebre escritor evitando los efectos obturantes de la admiración y la proximidad. Contemporáneo de los contornistas pero alejado de su radicalismo político, fue uno de los primeros críticos literarios académicos que hizo de rigor analítico y afán divulgativo una misma aventura.
Muchos lo recordarán por sus libros de divulgación editados por el legendario Centro Editor de América Latina. Como señala Maximiliano Crespi en el prólogo, Rest profundizó libro a libro su interés en la relación entre institución literaria y cultura de masas y culturas populares, lo que transformó, a pesar de sus propios límites ideológicos, su visión política del arte.
Organizado en tres capítulos y un epílogo atravesados por una retórica atenta al lector no especialista pero sí interesado, El laberinto del universo, editado originalmente en 1976, compone el pensamiento lingüístico-estético que subyace en la escritura borgeana, a veces a contramano de las propias opiniones del autor consagrado. Para ello no sólo reconoce las fuentes de su pensamiento (“nominalismo filosófico, tropología mística y disgregación del realismo literario vigente en el siglo XIX”) sino que también afilia la obra del argentino con las de Lewis Carroll y Franz Kafka, e inscribe sus escritos “en una tradición especulativa del pensamiento europeo cuya línea principal pasa por el nominalismo, el empirismo, el positivismo y el pragmatismo”, y llega hasta la filosofía del análisis lógico del siglo XX.
Ganándose un lugar en la bibliografía clásica sobre el escritor argentino, El laberinto del universo reconoce en la obra de Borges un pensamiento sistemático, emparentado con una ideología liberal (antidogmática) que niega jerarquías instituidas entre los discursos y que impregna a sus textos de un característico tono de desasosiego.

Publicado en diario digital Redacción Rosario, Rosario, 18 de mayo de 2009, http://redaccionrosario.com/noticias/node/3611

sábado, 2 de octubre de 2010

Más allá de las apariencias. Sobre La forma de la manzana, cuentos de Delia Crochet. Recovecos, Córdoba, 2008, 138 páginas.

Como otros escritores rosarinos, Delia Crochet llegó tardíamente a su primera obra édita. Lo hizo con Bajo la quieta luz de un farol, ganadora del concurso municipal Manuel Musto en 1998. La reciente aparición de La forma de la manzana, su tercer libro, da cuenta de su sorprendente madurez compositiva y obligará seguramente a los historiadores de la literatura local a brindarle un mayor espacio en sus panorámicas de la narrativa contemporánea.
La literatura de Crochet puede, a simple vista, prestarse a confusión. Los nombres propios, las locaciones pueblerinas o urbanas, las inflexiones de la lengua coloquial, la elección de los personajes, construyen, en apariencia, un mundo familiar y fácilmente reconocible, solidario con la narrativa costumbrista. Sin embargo, su prosa precisa y sobria —con centelleos de osadía imaginativa— instala una visión despiadada y sombría de la realidad, poco amiga del juego de las identificaciones y los reconocimientos. Al igual que la de los relatos kafkianos, la felicidad que provoca no proviene de sus temas o motivos, que dejan a menudo un sabor amargo en la boca o cierta desazón en el ánimo, sino de su destreza formal y su poder de sugerencia.
En "La forma de la manzana", el primer cuento del libro, las sombras de un departamento pueden convertir el rostro de un anciana "en una máscara", mientras advierte "la anormalidad" que mina periódicamente su mundo de "sábanas blancas" y se interna en un viaje hogareño al corazón de las tinieblas.
La atmósfera infernal que se compone a propósito de una noche de tormenta y deseo en "Adorado John", da cuenta del fino humor de la narradora: "Un relámpago feroz e innecesario mostró el vértice de la plaza". Este cuento hace serie con otros situados en un pequeño pueblo de provincia, bajo la mirada de un narrador familiar y a la vez extraño al medio. Las convenciones sociales resultan ficciones no menos idealizantes que las literarias, aunque se propongan, vanamente, más tranquilizadoras. La vejez, los reencuentros con el pasado y sus figuras, suelen ser tópicos que reaparecen para exhibir el fracaso de los sueños de juventud. En "Tu cara bajo la luna", "Pompas" y "El amor en la hierba" cierto bovarismo litoraleño muestra sus límites dramáticos, y los sueños son interrumpidos por la realidad con la misma contundencia con que lo hace "una piedra en el camino".
Aun en su roce con la enfermedad y la muerte, el deseo insiste "como una flor carnívora" y con el peso de lo "irremediable", en historias donde los personajes no hacen lo correcto sino lo que se les impone casi físicamente.
Cuando las escenas urbanas —el bar, la galería comercial— parecen reconocibles a partir de ciertos rasgos característicos, Crochet se interna en el relato fantástico y narra desde el punto de vista de una mesa o descubre el infierno laberíntico en el subsuelo de la urbe comercial. O respeta las reglas del relato realista para narrar un escape desesperado en una ciudad que se vuelve un animal salvaje detrás de su presa ("La pasajera") o el escándalo que a cada paso pone en entredicho la necedad e hipocresía de los buenos ciudadanos, en "vísperas" de felices fiestas.
Al tiempo que los cuentos se traman con precisión de orfebre, eligen con sabia economía los objetos que, con densidad poética, cargan simbólicamente las anécdotas. Así se suceden una vieja usina devenida en cetáceo pampeano, veredas que se rompen "como un bizcochuelo en la boca", una heladera que se alza blanca y majestuosa como una novia o desvanecidas pompas de jabón hechas con la bombilla del mate y un fuentón.
Como se dice a propósito de una manzana recién pelada en el cuento que titula la obra, la escritura de Crochet adelgaza con contundente eficacia las apariencias del mundo y, uno de sus mayores logros, sabe callar a tiempo, una vez que se ha insinuado el "claro vacío" que lo sustenta.

Publicado en "Señales", La Capital, 24/8/08.

De los amores invisibles. Sobre Mujeres que nunca me amaron, novela de Carlos Schilling. El Emporio, Córdoba, 2007, 220 páginas.

Mujeres que nunca me amaron es la primera novela del poeta y periodista cultural Carlos Schilling (Sunchales, 1965). Si, a primera vista, su título sugiere con aire melodramático el fracaso sentimental de un yo, con las primeras páginas esa misma frase se impone literalmente como una descripción precisa del contenido del libro. Esas mujeres se sucederán como los motivos del relato que Guillermo, un solitario de cuarenta años, recluido en su casa natal "sin esposa, sin hijos, sin trabajo", recrea semanalmente frente a su joven sobrina Daniela.
Sostenida por una sólida conciencia novelística que no descarta el cuidadoso fraseo de un poeta, Mujeres que nunca me amaron trata sobre el reencuentro del narrador con las mujeres que amó, en diferentes momentos de su vida, sin declararles jamás sus sentimientos. Esa "procesión personal", según sus mismas palabras, se convierte durante tres años en la única ocupación de un heredero sin apremios materiales, actividad que reclama su escasa energía anímica y física y se vuelve tan exhaustiva como la nómina de sus amores imposibles.
Guillermo no busca con su proceder una segunda oportunidad en el terreno de los hechos, ni se propone constatar que el pasado es "irredimible", algo que sabe antes de partir al encuentro con esas sombras de lo que pudo haber sido y no fue (la tapa del libro proyecta una figura femenina que se alarga y distorsiona sobre el suelo). Se propone, en cambio, indagar en las razones de su presente "sepultado", para iniciar una especie de autoregeneración. "¿Qué hay en el fondo de un amor no cumplido?" es la pregunta que insiste en el narrador y lo impulsa a los encuentros, dotando al relato de cierto tono ensayístico, que parece ser el único modo válido con el que la literatura puede pensar un problema.
Sin embargo, con el progreso de la narración su impulso especulativo se revela débil o confuso y se diluye entre los hilos de una trama con la que el narrador cree seducir a su escucha: "su cuerpo se prepara para recibir mis palabras con todos los sentidos", observa en los comienzos. En una suerte de ritual de la "mutua atención", el narrador logra algo casi imposible para un escritor, aun para los que se proponen el didactismo como Guillermo, a través de su educación sentimental: percibir en vivo y en directo los efectos de sus palabras en su lector-escucha. Esa joven poco a poco intercala objeciones en el relato de su tío, quien las interpreta como signos de alguien que vive un proceso iniciático, de aprendizaje, que aun no sabe "conjugar los verbos irregulares del amor".
La fe en el poder de las palabras que el mismo narrador profesa comienza a mostrar sus límites y la joven se vuelve, desde la sensualidad de su escucha, la seductora de su tío. Su imagen interfiere cada vez más sus enunciados, como la inconfesable sexta mujer de su lista de amores sentimentales.
Daniela, otro objeto amoroso invisible al mundo, abrigado interiormente como el "fantasma querido" de Sartre, y que no se ha poseído nunca, se escabulle en el momento justo en que parecen ceder la timidez y el recogimiento de la sensibilidad "juvenil" de Guillermo.
Al narrador ya no le sirve seguir solitariamente sus propios movimientos cordiales, oírse a sí mismo, analizarse, descomponiéndose en sus mínimos detalles, señalando los puntos cardinales de su "geografía sentimental". No le queda más que aguardar dolorosamente, sin tratado amoroso ni experiencia pasada que lo ayuden, escuchando la sombra de unos pasos que aun se hacen esperar. Es en ese momento cuando lo peor y lo mejor, para personajes y lectores, está por venir.

Publicado en "Señales", La Capital, 17/8/08.

Poesía de austera precisión


Residente en Rosario desde los ocho años, el poeta Marcelo Cutró (1967) suele incluir entre sus escuetos datos biográficos los nombres de Santa Isabel y Wheelwright, pequeñas localidades del sur santafecino. La primera, lugar donde nació, dio título a su libro anterior. Melincué, el pueblo natal de uno de sus abuelos, aparece en su última obra, aportando una nueva coordenada de esa zona imaginaria que el autor despliega como suelo mitológico de su escritura.
En ese sentido, el tinte levemente exótico que Espina de agua trasuda como título alude más bien a una geografía onirizada que a una cartografía realista. Deriva de uno de sus poemas —"Lejos del río tu nombre es una espina de agua"—, texto que evoca a un tiempo la presencia de la naturaleza entre los motivos más recurrentes del poemario, el desarrollo arborescente de sus imágenes y la distancia que entre sujeto y objeto de la experiencia imponen el erotismo, el sueño, el lenguaje y el recuerdo, junto con sus efectos transmutadores.
La poesía, parece decir Espina de agua, recrea esa distancia íntima consigo misma y con el mundo. Una paradójica forma de acercamiento que hace de eje conductor de los poemas y se capta a través de una sucesión de instantáneas. Las que capturan mujeres "que se van" o su "sombra", la noche "equivocada" o "anterior", "abejas desnudas semillas de madera" o un "animal de metal", un tiempo que sucedió o está por suceder como una revelación. La poesía lleva el lenguaje a "otro lado", o lo ilumina con las "luces negras" del erotismo, y hace de hombres y mujeres sujetos indeterminados: se eliden los pronombres personales, abundan los "hay" o el genérico "las mujeres", se apela a un enigmático "esa mujer".
Si "la mujer de la foto", título del primer apartado, recibe finalmente un nombre ("Margarita"), queda claro que se vuelve una referencia anecdótica en relación a todo lo que propone como sombra, simulacro y fuerza que mueve la imaginación al calor del deseo.
En el mismo sentido, "Melincué", como lugar identificable geográficamente, no resulta más tranquilizador: "Recuerdo un lugar donde no estuve", comienza el segundo apartado del libro. Si hasta aquí se trabajaba, salvando alguna excepción, con claroscuros, en "Melincué" se utiliza una paleta de colores fulgurantes: "piedras azules", "papel dorado", "la sangrienta luz de los flamencos". Se proponen sorpresivos escándalos para la percepción, la sensibilidad y el intelecto: "Palmeras rojas/ El campo sube a los huesos", y se ahonda en la idea de "una voz invisible" que desde el comienzo del libro insinuaba la escucha descifradora del poeta.
Desde "La noche anterior", tercera parte del poemario, hasta el final, pareciera que el lenguaje se reconcentra en sí mismo, proliferando sus variaciones a partir del mismo repertorio de elementos: la noche, el silencio, la tormenta, la voz, los animales, el fuego.
Espina de agua enfoca con austera precisión sus objetos de deseo y sobre ellos insiste una y otra vez a través de poemas urdidos con muy pocas palabras. Si se cotejan algunos de los poemas publicados con las versiones previas que el mismo autor subió a la web tiempo atrás, se puede advertir el trabajo de concentración al que los sometió, eliminando signos de puntuación, artículos, verbos o cláusulas que aclaraban el sentido y de las que ahora se rescatan sólo algunos de sus términos. Como si se prensara la realidad con silencio y economía para extraer poesía de máxima intensidad.
Algo de esa bella síntesis nos regala Cutró: "De allá viene el silencio Pasa la mujer del pañuelo rojo/ con un ramo de jazmines en la mano/ El cielo se quema en los ojos de un caballo".

Publicado en "Señales", La Capital, 29/6708.

Historias para disolver las certezas mundanas

De temas, registros y humores diversos, los relatos de Ferrocarriles Argentinos regresan a las mesas de novedades tras años de ausencia. Y es esa diversidad, aunque parezca contradictorio, un rasgo de estilo y enfoque que los incluye entre las producciones más interesantes de la cuentística argentina actual.
El libro se inicia con "La oscuridad bajo la mesa", una puesta en escena inquietante en la que una mujer tiene relaciones sexuales con un desconocido en presencia de su esposo, que ha quedado oculto en el lugar y decide no interrumpir los oficios de su pareja. Con un estilo detallista que lejos de mostrarse clínico y distante parece reclamar otro tipo de atención, el relato narra la sensualidad del encuentro hasta el momento en que la mujer recobra sus monstruosos "rasgos cotidianos".
Con "Un error de Ludueña", uno de los cuentos excelentes del libro, se sigue en tiempo presente el oscuro trazado de un destino. Un solitario delincuente profesional se embarca inusualmente en un proyecto colectivo: la fuga de un recluso. El mérito de Gandolfo es enhebrar con felicidad una serie de hechos atrapante, con algo de ficción policial y de aventuras, con la idiosincrasia rioplatense y el espesor psicológico y existencial del protagonista, más alguna alusión histórica que enriquece aún más el relato.
"Andante" es una suerte de recomendación para el lector-ejecutante: un tono emotivo alto con el que se narra el impacto que sufre un hombre maduro a causa de una mujer desconocida, durante una noche de verano, y al que no cuesta "seguirle el ritmo".
Otro de los textos extensos es el logrado "Llano del sol". Deudor de la ciencia ficción, logra tensionar muchos de sus rasgos (los juegos temporales, la imaginería técnica, la racionalidad burocrática) con elementos costumbristas de personajes y lugares. La historia de un solitario operador de una central de energía solar, en una Argentina post guerra civil, edifica una rutina abrazada por el calor, el frío y la intemperie, a través de la cual se compone una intensa atmósfera emotiva y psíquica. La suerte de una relación amorosa es apenas la anécdota tenue que se cruza con una existencia más confusa, intensa y desoladora.
La pareja de "El bulto del casino" está atrapada en un círculo de apuestas y fracasos. Uno de los personajes sueña, mientras duerme en un hotel, el desempeño paralelo de su amigo en el casino. Si el lector puede estabilizar su lectura de un relato que combina imágenes oníricas con las "reales", el juego con "el punto de vista del sueño", a partir de cierto episodio onírico, hace trastabillar su nuevo horizonte de expectativas.
"Estrategia" podría incluirse en la serie de relatos de solitarios del libro. Un viejo barrendero de pueblo, inmerso en la precariedad material equilibrada por su riqueza imaginativa, le hace una broma pesada al mundo exterior y sale ileso del juego. Algunas de sus imágenes campestres siguen reverberando en la memoria cuando el libro ya descansa en la biblioteca.
"El terrón disolvente" narra con la voz de un porteño típico una experiencia alucinógena. Cierta picardía criolla aplicada a una experiencia —solemne para la contracultura sesentista— vira humorísticamente hacia las disquisiciones del ser nacional. Con parecido sentido del humor, "La yanqui y el polaco" cuenta una fugaz relación amorosa entre "extranjeros" interrumpida por la identificación intelectual de la pareja, que alejada de sus automatismos existenciales había logrado sumergirse por unas horas en el mundo de la sensación.
"Ferrocarriles Argentinos" cierra el libro y es el cuento más metaliterario de la serie. Haciendo del tren una máquina de narrar, evoca un episodio de ribetes epifánicos: el abandono absurdo e insensible de una mujer y su hijo en pleno viaje.
La elección del último título para dar nombre al conjunto parece responder a su capacidad sugestiva. En tiempos de la primera publicación de la obra, la conjunción de los términos "ferrocarriles" y "argentinos" resultaría anacrónica, cercana al oxímoron. Comparte entonces la extrañeza de una escritura que abreva, a un mismo tiempo, en fuentes universales y en imaginarios autóctonos. Un cruce inquietante que se suma a la permanente tensión entre episodios y clima, entre detalles y estructura, con la que esta narrativa singular logra disolver nuestras certezas mundanas.
Instantáneas
Elvio E. Gandolfo nació en 1947 en San Rafael, Mendoza. Publicó, entre otros, los libros de cuentos La reina de las nieves (1982), Sin creer en nada (1987), y Cuando Lidia vivía se quería morir (1998), la novela Boomerang (1993), una recopilación de ensayos, El libro de los géneros (2006), y un relato que desafía las clasificaciones, Ómnibus (2006), sobre sus viajes entre Rosario y Buenos Aires. La primera edición de Ferrocarriles Argentinos apareció en 1994. Reside en Montevideo.

Publicado en "Señales", La Capital, 23/3/08.

Dos poetas y un libro escrito por email


La suerte de los artefactos, suelen repetir quienes se dedican a reflexionar sobre la tecnología, es la de ser mal utilizados. Como si el espíritu travieso de los usuarios se empeñara en pervertirlos, sacándolos del cauce funcional para el que fueron diseñados, construidos y distribuidos en el mercado. Esto sucede, por ejemplo, cuando un CD es utilizado como ojo de gato en un carro de cartoneros. También, cuando dos poetas escriben un libro a cuatro manos vía correo electrónico.
Durante el año 2006, Fabricio Simeoni y Fernando Marquinez urdieron en común una serie de textos que fueron tomando forma, por contagio y contaminación, a través de reiterados intercambios vía mail. La elección de la herramienta de escritura no es mera anécdota: si bien no es la primera vez que se producen textos poéticos en coautoría, incluso en el medio local, el modo compositivo que el dispositivo viabilizó y la publicación de sus resultados siguen resultando poco frecuentes en el género.
En ese sentido, tampoco parece azaroso que los textos de Cavidades del recreo sean reacios al uso de la primera persona —cuando aparece suele imponerse en su forma plural—, y exhiban un fuerte carácter lúdico, presente en las ocho series que componen el libro. Los motivos infantiles presentes en los poemas —algunos de cierta extensión, otros de factura casi epigramática— exhiben la crueldad de quienes, en su afán por seguir los dictados del deseo para abolirlo, se entregan a la fantasía por placer, en un juego serio al que remite la foto de tapa: un muñeco decapitado que lleva ramilletes de flores, quizá artificiales, como cabeza.
Los poemas intensifican la percepción sensorial (la vista, sobre todo, y el oído) en desmedro de una narración que dé cuenta de un sentido totalizador del mundo. A ello tal vez responda la recurrente apelación a la institucionalidad religiosa y sus retóricas, interpeladas desde una sensibilidad incómoda, desencantada, que suele expresar humoralmente "toda incertidumbre de fe". El mundo se manifiesta hecho añicos o en descomposición, y permite, cuanto mucho, que su captación cristalice en "escenas", por lo general urbanas y domésticas, a veces apenas flashes o "puntos de infección" que testimonian fugaces mutaciones perceptivas familiares al non sense, experimentadas por sujetos en permanente "caída libre" o "disolución".
Los imaginarios del pop y del rock, algunas vanguardias digeridas por la cultura masiva y las nuevas tecnologías nutren una poesía que se aleja radicalmente de la facilidad fruidora que los caracteriza en su mayoría. Apelando a un rico diccionario, a veces sus poemas parecen cifrados: el lector debe aferrarse a los títulos para poder imaginar un referente más o menos reconocible. Como artefactos eminentemente musicales, exhiben cierto placer barroco en el regodeo con las sonoridades de la lengua, a través de la aliteración como recurso protagónico.
Hay algo de pétrea solidez en la poesía sustantiva de Cavidades del recreo, por la imposición del infinitivo sobre el verbo como un recurso habitual de la impersonalidad, el corte de verso que respeta los límites de las cláusulas, el enaltecimiento retórico —a través de lo hiperbólico y de cierta majestuosidad o carácter pomposo del lenguaje— de los motivos más banales ("remolinos insistentes determinan/ la implosión del estornudo,/ la invisible congestión/ de narinas diseñadas/ para el estrepitoso fragor/ de un pañuelo abanderado"). Dicha pesadez, de todos modos, se compensa con un humor que no claudica en ningún momento, a través de una adjetivación sorprendente y juegos de palabras.
Esa mezcla de códigos antipáticos es la que dota a sus versos de un modo enunciativo inusitado ("ya no hay más aderezos/ en la lima indigesta/ de todo acto normal/ devenido en superpancho"), a través del cual se despliegan "somáticas peripecias" —lo patológico y lo médico nutren su diccionario, incluyendo cierta exacerbación gótica— vividas en pequeñas geografías tecnológicas del yo, domésticas como la cocina y el baño, virtuales como la droga, públicas como el taxi y el parque.
Rincones burocráticos, noches de navidad, interiores hogareños o paseos por la playa: la poesía de Simeoni y Marquinez focaliza en ellos su mirada enrarecida con el humor de los moribundos sin remedio.
Instantánea
Cavidades del recreo obtuvo el primer premio compartido del Concurso Municipal de Poesía "Felipe Aldana" 2007, cuyo jurado estuvo integrado por Sergio Cueto, Héctor Piccoli y Sergio Raimondi. Fabricio Simeoni (Rosario, 1974) ha sido distinguido por el Concejo Municipal de Rosario y la Cámara de Diputados de la provincia y publicó, entre otros, los libros de poesía Calambre de los descensos (2003), Agua Virgen (2004) y Sub (2005). Fernando Marquinez (Rosario, 1963) publicó en colaboración los libros de poesía Esa agua cruda (2003) y Herética desmesura (2004), ha participado en diversas revistas literarias y es fotógrafo.

Publicado en "Señales", La capital, 16/2/08.

Novelas de escritores brasileños: un monstruo literario.



Algunos especialistas argentinos no dejan de considerar a la literatura brasileña, décadas después del boom latinoamericano y bajo el clima institucionalmente favorable que supone el Mercosur, un vecino todavía muy poco conocido. Claro que en esto incide el idioma, junto con las no pocas diferencias culturales entre ambos países. Sin olvidar una cuestión de tamaño: como suele suceder con su música, más se aproxima a ella el no iniciado, más distantes parecen los límites de esos verdaderos universos aún por descubrir, una vez que han quedado atrás las figuritas repetidas de su folclore de exportación.
Frente a este cuadro de desconocimiento y creciente curiosidad, el mercado local parece interesado en tender nuevos puentes hacia el gigante tropical, y a la publicación de escritores y corrientes paradigmáticas de su historia literaria, ha sumado recientemente la edición de literatura contemporánea. Beneficiadas por ese impulso, las novelas Bandoleros y El día que asesiné a mi padre prueban cuánto se vienen perdiendo los lectores de habla hispana.
La primera pertenece al ya consagrado João Gilberto Noll. Nacido en Porto Alegre en 1946, cuenta con más de una decena de títulos, algunos de ellos premiados y editados en otras lenguas. La segunda es el primer libro publicado por el periodista Mario Sabino (1962) —ha escrito además uno de cuentos titulado O Antinarciso—, con el que se convirtió en una de las nuevas promesas del panorama carioca.
Viaje alucinante
Editada originalmente en 1985, Bandoleros hace mención en sus primeras páginas a los principales núcleos de acción sobre los que la novela volverá insidiosamente (la muerte de un amigo, una corta estadía en el extranjero, una particular relación amorosa) con permanentes saltos que pulverizan su progresión cronológica. Un día domingo, un escritor en plena crisis existencial decide cortar con la trama previsible de su vida: se emborracha en un bar por la mañana, vive extrañas anécdotas, viaja rumbo a un pueblo desconocido de manera imprevista, se interna en un morro lindante con un desconocido.
A través de una técnica impecable, los personajes con los que se topa en el camino no sólo alimentan su nuevo presente, con toda su carga de imprevisibilidad atemorizante, sino que transforman para siempre sus imágenes del pasado, evocado en plena aventura. Quien se abandona a la intemperie del desierto pierde pronto la memoria con la que sostiene su identidad. Por ello, los personajes que no paran de hablar se baten en un duelo verbal para recomponer sus vidas, aunque pronto se manifiestan el violento límite del lenguaje y la fragilidad de los interlocutores. Narradas sin énfasis alguno, la miseria, la infancia cruel de los desamparados, la locura de los hombres se van cobrando vertiginosamente sus víctimas. Bandoleros muestra cómo salirse de una trama implica enmarañarse en otra red, si no se quiere caer en la locura, muchas veces más letal que en la que se cree estar atrapado.
En El día que asesiné a mi padre, un paciente narra a su analista la historia de su vida, que es al mismo tiempo la de su parricidio. En un tono pretendidamente autoanalítico, el narrador hace permanentes correcciones a sus relatos y descripciones, guiadas por su afán de rigor interpretativo. Posgraduado en filosofía, hijo de un padre rico, el internado no deja de tener presente al escucha profesional, a quien interpela periódicamente, apelando a las convenciones del manual freudiano.
El mérito de Sabino es convertir un tema trillado en un relato atrapante. La ética del narrador se explicita en un momento: cuanto “menos artística” su historia, “menos franca”. Debe hacer literatura porque para “artículos mal escritos” estará, según él, el profesional, y porque en la experiencia que lo literario supone el saber pierde su consistencia comunitaria e institucional.
“El complejo de Edipo está muy lejos de explicar mi tragedia. Se convirtió en una expresión completamente débil. Además, ¿usted se fijó en que las palabras y los conceptos sólo son exactos para definir lo que les ocurre a los demás, pero no a nosotros mismos?”, dirá un narrador que a pesar de ello estructura con esa fábula clásica su propio relato hasta el final, y quien no dudará en inventar historias —el ejemplo más evidente, además de las mentiras reconocidas, es una novela inconclusa de su autoría que hace leer en varias sesiones— para seducir a su escucha.
Pero no sólo el psicoanálisis se vuelve materia prima de la novela. La crítica literaria y el periodismo, a través de los personajes de “Futuro”, la ficción autobiográfica del paciente, son objeto de un humor corrosivo. En ella, el tratamiento de los personajes y de la trama parece una velada burla del modo de narrar de sus contemporáneos y, lo que la hace más plausible, una forma de manifestarse sobre el propio trabajo escriturario, en el que se reconoce “la utilidad de los clichés” y que se está contando “una historia de cuarta”.
A pesar de las marcas de un estilo de época también reconocible en la narrativa local, las novelas de Noll y de Sabino insinúan la presencia de un monstruo literario que respira muy cerca, apenas entrevisto, dispuesto a fascinar a los lectores que osen acercarse.

Publicado en "Señales", La Capital, 13/1/08.